IV
En la entrada del ministerio el movimiento de siempre. Oleadas de gente aquí y alla. Todos tenían algo que decir, algo que pedir, algo que ofrecer o denunciar. Germain se embutió en el ascensor con un montón de gente. Dio de bruces contra Galena, una de sus compañeras. La cercanía era tal que no podía menos que entablar conversación. La saludó con un gesto de cabeza.
Galena no le contestó. Evidentemente estaba metida en contacta2. Aun así, cuando la gente entró en el siguiente piso y empujó, aprovechó para pegarse a ella. Por si acaso tuviera una erección, mandó a los Nanos que bajo ningun concepto empujaran sangre dentro de su pene. Luego rectiticó su orden: Dejemos a la naturaleza seguir su curso. Y la naturaleza no hizo mucho caso del cuerpo caliente de Galena. Germain se preocupó: ¿Estaría quedandose sin deseo sexual?
En su departamento estaban todos preparandose para el recuento del inicio del día. Germain recordó cuando acababa de entrar a trabajar en el departamento de seguridad y control, el recuento le había parecido excitante.
Pero ahora ya había dejado de importarle: Sólo era un simple y deprimente baile de cifras señalando que el fin estaba un poco más cerca.
El telefono del puesto de Adrian parpadeaba y titilaba con la llamada entrante. La comunicación se cortó y, apenas segundos después, se reinició.
Germain sabía que Adrian había llegado porque alli estaba ese engrudo blanco que masticaba con cara de asco a lo largo del día como parte de una dieta impuesta por los superiores: Nada de muy gordos con mucho colesterol. Y nada de hacer que los nanos se coman la grasa, es mucho trabajo para ellos.
Se sentó en su silla y comprobó los mensajes en su Terminal. Nada interesante.
De nuevo se silenció el telefono de Adrian y, de nuevo se reinició el sonsonete de llamada. En apenas dos timbrazos se activó el desvío automatico a su Terminal eliminando tareas anteriores. Por ordenes de los jefes contestar era prioritario. Ya cabreado, descolgó.
- Buenos días. Le atiende Germain. Puesto 345.
- Quería hablar con el señor Adrian, por favor – Una voz varonil, como de persona importante. Supuso que llervaría traje de corbata y chaqueta.
- En este momento no está, si puedo ayudarle yo…
- Bueno, no sé. Vera, mi mujer ha muerto y quería saber si…
Oh, vaya, un avaricioso: Deme mis nanos, por favor. Germain les odiaba. Si Yemma muriera algun día, y Germain esperaba fuera pronto, no reclamaría sus nanos… Le daría, no sé, asco. Su sexo siempre era con barreras de sangre y fluidos, Yemma nunca había querido tener los nanos de Germain en su interior, y Germain terminó pensando como ella.
- Pues lo siento, si es asunto de transmisión tendrá que hablar con Adrian...
- Es que se la cargaron y se llevaron sus nanos. Y – ¿Era un sollozo lo que estaba sonando al otro lado? – Ella era todo lo que tenía y… - Así que no era un avaricioso. La quería de verdad. Era un concepto tan extraño que le sonó a falso - Perdone, pero es que me siento muy solo y… Mire, la verdad, quería hablar con el señor Adrian para ver si podíamos tomar un café, como el otro dia. Me vino muy bien. A usted le gusta el café.
- No, lo siento. Soy alergico a la cafeína.
- Tambien tengo té. Mi mujer siempre tenía un monton de cosas en casa por si venían visitas. Recibía mucho, ¿Sabe usted?
- ¿Está intentando ligar conmigo?
- Qué dice. Ni siquiera sé cómo es fisicamente.
Adrian salió del cuarto de baño subiéndose los pantalones. Cuando se acercaba, Germain le hizo señas de que tenía a alguien al telefono para él. Adrian respondió con señas a su vez como: ¿Quién es? Y Germain escribió en su pantalla: Mujer muerta. Adrian se echó para atrás, como si estuviera viendo la peste personificada.
- Mire, ya ha llegado Adrian. Se lo paso.
Germain le tiró el telefono a Adrian, quien lo cogió y comenzó a soltar disculpas para no quedar con el varonil. No, no podía esa tarde. Tal vez cuando consiguiera poner un poco de orden en los nanos de su mujer. Si. No. Ya le llamaría. Un beso. Hasta luego. Colgó.
- Me estaba llamando todo el rato cuando, pero me encontraba en plena faena una vez conseguí sincronizar los nanos con mi aparato excretor… Y lo que menos me apetecía era decirle que está todo muy liado.
- Cómo de liado.
- No es que matasen a la mujer del tío este, es que primero la violaron una o dos veces por cabeza. Las joyas esas no tenían mucho aquí – se tocó la sien – y lo hicieron sin barreras de sangre y fluidos…
- Y la llenaron de nanos ajenos y ahora hay que separarlos y todo eso. ¿No?
- Ojalá, que va: La mujer de este tío tenía la sangre llena de virus, de anuncios toxicos y mierdas de esas. Así que mataron a la mujer, pero luego empezaron a caer todos en batería. La mezcla de alguno de los virus con el exceso de drogas les diluyó las neuronas, les hizo implotar el corazon. Fijaté que los forenses pensaban acusar a la muerta de asesinato retroactivo.
- Jesús.
- Les eché para atrás la denuncia. Quedé con el marido por consolarle un poco y porque no tenía mucho plan para ayer. Le dije que enseguida le darían los nanos y las cenizas de su mujer y todo eso. Pero no sabía, ni él me dijo, que su mujer tenía intercambios con cualquier cosa que se moviera y que sus nanos eran negros con tanta mezcla.
Germain pensó en el pobre marido y se arrepintió de haber sido tan brusco.
- Te conozco – Dijo Adrian – Ni lo pienses. No quiero volver a verle. Mandaré a un agente de los de abajo para que le suelte todo eso y le obligue a analizarse porque igual es una bomba en potencia. Y voy a poner un filtro a sus llamadas. Para mi se acabó el señor Agustin DR.
Zumbidos en marcha. El recuento estaba terminando y las pantallas se calentaban. Los trabajadores se congregaban alrededor del panel digital. Todos los teléfonos se colgaron automáticamente. Ordenes de los de arriba: El recuento es sagrado.
Los numeros subían y bajaban. Ni Adrian ni Germain se pusieron en pie, desde donde estaban lo veían bien.
Estabilidad numerica. En total 345 menos que la noche anterior. Las ordenes y paginas de información fueron escupidas y rebotadas de unos pisos a otros. Las bajas habían aumentado un 0’02 respecto al recuento anterior. La pregunta “¿Por qué tantos?” fue remitida a los analistas que devolverían su respuesta de siempre: “¿Por qué se extrañan del número? A nosotros nos parece bajo.”
Había que determinar infartos, suicidios, asesinatos, comas… En breve los agentes de los pisos bajos, los barrenderos de nanos, terminarían sus papeleos y desayunos y, cagándose en todo y cogiendo los informes que les correspondían aleatoriamente, saldrían a la calle a marcar la causa de muerte e intentar recuperar el cadáver para llevarlos al nanódromo.
Una hoja de entrada en su consola sorprendió a Germain. Adrian le miró con cara de “Jooder”.
- ¿Tu mujer?
- La he visto antes de salir de casa. Una pena pero no es ella.
Con la sensación de que había fallado en algo, Germain abrió el paquete de datos: La cara de Martin le miraba fijamente.
En eso había fallado. A Martin. Estaba desaparecido. O muerto. O en coma. Y como Germain lo tenía en su lista de adjuntos había saltado directamente a su consola.
15/11/08
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