15/11/08

DIA MENOS CUATRO (II)

I
La iglesia abrió las puertas cuando la oscuridad aun llenaba la ciudad. Ya esperaban los primeros penitentes en la balaustrada. Algunos con cara de haber despertado hacia poco, otros con cara de no haber tocado la cama.
Era un edificio grande, feo y gris; una nave industrial en desuso que León había adquirido y cambiado a su antojo de arriba abajo., convirtiéndolo en un lugar aun más oscuro.
La niebla sobrevolaba el rió junto a la iglesia llenaba las aceras, y se colaba en los cuerpos de los penitentes que notaban que sus dientes castañeteaban.
Los hermanos se distribuyeron por la nave central en sus puestos de la confesión, con los nanoderos parpadeando con ansia de ser llenados con la penitencia.
Todos en la ciudad tenían tendencia a las adicciones, decía León a sus hermanos. Los que no tenían dependencia del tabaco, el alcohol, el sexo o las sustancias dependían del perdón, de la justificación, de la confesión de hechos nimios sólo para ser escuchados; y, en ultima instancia, dependendia de estar allí encerrados escuchando lo que tenían que pensar y hacer y cómo tenían que actuar… todo para no tener que pensar por si mismos. Y aun un peldaño mas allá se encontraban los penitentes extremos, los que buscaban el perdón a través de su dolor o su desaparición.
León saltó de la cama cuando la nave ya había albergado a su grupo de acólitos dispuestos a recibir la forma para comenzar el día o para terminar la noche. Joana, su última sacerdotisa del amor, se expandió desnuda en la cama, reclamando para si el espacio que había dejado libre. León observó sus pechos perfectos y sintió la llamada de la naturaleza. ¿Tenía tiempo de un polvo rápido? Pero su erección se vio interferida por golpes en la puerta.
La entreabrió. El Hermano Aléese esperaba fuera.
- Padre, tenemos un problema en uno de los confesionarios. Sospechamos que se ha metido aquí porque no sabía dónde hacerlo.
- Bueno, pues ponerle de patitas en la calle sin que se entere el resto.
- Eso hemos pensado, pero parece fuera de si y es que…
- ¿Es que qué?
- Que se ha traído el cadáver de una mujer con él y tiene a todos los feligreses muertos de miedo. Aquello si que era nuevo, pensó León, una forma extraña de confesarse: Cacarear su pecado llevando consigo la prueba.
- ¿Y qué quiere?
- Quiere que usted le de su castigo.
- ¿Es un conocido?
- No. Nuevo.
- Cuánto nos queda hasta el recuento.
- Una hora, más o menos
- Ya me encargo yo. Mándalo a mi despacho.
- Gracias, Padre.
- ¿Están preparadas las formas?.
- Si. Pero necesitaremos más en breve.
- Me encargaré de ello.
Leon cerró la puerta con un suspiro. Eso era lo malo de llevar una iglesia personalista: Todo tenía que hacerlo él mientras el resto de los hermanos eran comparsas que se movian al son de su musica.
Se lavó rapidamente y se atusó la barba despeinada. Se pusó el habito y escondió sus armas bajo ella. Joana le miró al salir.
- ¿Ya tenemos problemas?
- Yo “tengo” problemas. Tú no tienes nada, querida - La dio un beso rapido en la boca y luego otro en cada pezon, erectandolos. Se sintió poderoso, masculino - Excepto un cuerpo de impresión.
Según entró en el despacho catalogó al asesino: No era politoxicomano ni un desecho social. Sus manos callosas indicaban que tenía un trabajo manual. Posición social baja, casi a punto de salirse de los estratos sociales. Arrastraba el cadáver de una mujer muy delgada y en las últimas. Leon no podía verla bien.
- Bueno, bueno. ¿Qué se le ofrece?
- ¡Quiero mi castigo!
- Baje la voz, por favor, aquí sólo estamos nosotros dos… tres si quiere incluir el cadáver. O cuatro si contamos con la presencia del creador.
- Si, quiero que esté el creador.
- Pues está con nosotros. Quiere dejar al… ¿Cómo se llamaba?
- Kika. Yo la quería mucho, de verdad… Pero es que se pasaba todo el dia en el conecta2 y se dejaba morir. Asi que quise apartarla del Conecta2 y se me fue la mano. Y no sabía dónde ir.
- Ya veo. Bien, deje a Kika en el suelo. Ahí, fuera de la alfombra para que no manche.
El cadáver cayó el suelo con un ruido seco. Esa mujer estaba en los huesos, pensó Leon - Bueno, asi que la ha matado para librarla de conecta2.
- Si. Yo llegaba y Kika no me hacía caso. Yo tenía que encargarme de la compra, de la comida, de la limpieza… De todo! Y ella siempre estaba alli, con mirada ausente y no me hablaba. Ya no quería sexo conmigo sino con gente nueva. Se habia cansado de mi y…. Y yo no queria quedarme solo otra vez.
- De eso se trata. ¿No? Egoismo. No le hacian el caso que quería. ¿Le apetece una taza de té?
- ¿He venido a pedir castigo y me ofrece una taza de té?
- Puedo darselo sin azucar, eso es castigo suficiente porque es bastante malo.
Leon se rió de su propio chiste mientras servía un par de tazas. Tal como prometió, dió al hombre la suya sin ponerle azucar.
Se inclinó sobre el cadáver de la mujer, de Kika. Pensó que era muy fea y que difícilmente podría encontrar a nadie que la quisiera y que por ello estaba todo el dia en conecta2: Buscaba quien la encontrara medianamente atractiva.
- Es un problema difícil, ¿Sabe? Tener perdon de un hecho abominable, querer olvido cuando es imposible olvidar… ¿Sabe qué es lo malo de nosotros? Que el creador nos ha dado los nanos como nuestra segunda memoria, y si intentamos olvidar tenemos a los nanos para recordarnoslo porque guardan las sensaciones y no dejan de machacarnos una y otra vez.
- No entiendo nada de lo que me dice.
- Pero el té está bueno, ¿Verdad?
- ¿Por qué me esta diciendo todo esto? Yo sólo quiero el olvido definitivo. Sé que si pudiera librarme de los nanos me libraría de todo. Pero sin nanos moriría.
- Si, básicamente si. Yo sólo le estoy diciendo que hay alternativas a la muerte.
El hombre terminó su te de golpe y dejó la taza sobre la mesa, sus manos temblaban sin control.
- Cuando la maté no sabía qué hacer y me daba miedo ir a la policia porque no quiero acabar en la carcel.
- Es logico, es un lugar la mar de siniestro.
- No quería hacerlo, se lo juro; pero es que cuando me desperté y ella no estaba en la cama sino tumbada en el sofa. No sé qué se apoderó de mí y la di un golpe en la cabeza con una lampara. Sé que cuando llegue el recuento sabrán que Kika está muerta y vendran a preguntarme y yo… no sé mentir. Necesito saber que ese Creador del que hablan me perdonará.
- El creador siempre perdona. Vuelvo a la cuestión principal: ¿Ha pensado en seguir con su vida como si nada? Tal vez resulte más facil que acabar con todo.
- No, yo no puedo seguir adelante sin Kika.
- Es todo cuestion de tiempo, creame.
- Y no tengo fuerzas para acabar con mi vida. Por eso acudo a usted. Me han dicho que ustedes libran a la gente de sus cargas.
- Es una forma amable de decirlo, pero si.
- Pues mateme de una vez.
Leon suspiró, con gente como aquel hombre no se podía razonar. Los minutos iban en su contra. El recuento se acercaba y si los nanos marcaban ese sitio, la policia se presentaría y les cerrarían el lugar y el negocio se habría acabado.
- Bien, esto…
- Alberto
- Alberto, ponte de rodillas frente al creador.
- ¿Y eso es cómo?
- El creador está en todas partes dispuesto a acogerle, con ponerte frente a la pared me basta.
Alberto asi lo hizo. Leon le obligó a poner los brazos en cruz. Le puso una mano sobre la cabeza. Temblaba. Todos temblaban en esos momentos.
Clavó el estilete en la nuca en un movimiento rapido. La adrenalina llenó su cuerpo según sujetó el cadáver de Alberto. Era una sensación a la que jamas se acostumbraría. Un vertigo sin nombre.
Llamó por el timbre y entraron un par de hermanos.
- Sacarles todos los nanos y “aquello” que nos pidió el benefactor y luego al rio con ellos.
- Tenemos todos los nanoderos funcionando, igual no hay tiempo antes del recuento y la localizacion.
- Hummm. Está bien. Yo me encargo.
Tras salir los hermanos, Leon observó los cuerpos de Alberto y Kika.
- Sois una carga incluso muertos.
Enchufó sus nanoderos a los cuerpos. Se terminó la taza de té hasta que los nanoderos ya no pudieron acumular más nanos.
Colocó un aparato con forma de araña en el principio de la columna vertebral de Alberto, la mujer llevaba tiempo muerta y ya no interesaba.
Leon ató los cuerpos entre sí.
Abrió el ventanal del despacho, el turbulento rio chocaba contra la base de la iglesia, horadandola pacientemente para hacerla caer algun día
Los cuerpos desaparecieron de su vista tras un chapoteo. Que ironia que se fueran juntos al rio: La fea y su matarife.

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