15/11/08

DÍA MENOS CUATRO (I)

NOCHE



TRECE



II
Dieter bajó de la barcaza taxi junto con los parias en busca de droga. Caminó con cuidado esquivando los charcos y el barro lleno de mierda, restos de comida y demás. Tuvo mucho cuidado de evitarlos y mancharse sus zapatos superbrillantes. Los yonkis se perdieron en las sombras. Dieter se rió por dentro… si ellos supieran: En su mochila llevaba bastantes dosis para todos ellos y muchos más.
A Dieter siempre le había maravillado que esa zona, esa precisamente, fuera mucho menos peligrosa que las zonas más “civilizadas” de la ciudad. Supuso que a ninguno de los habitantes les interesaba que los clientes evitaran el lugar.
Las primeras prostitutas se acercaron. La mayoría intentaban que sus movimientos fueran sinuosos y sólo parecían marionetas a las que les faltaban hilos. Mientras avanzaba entre la primera marea a Dieter se le encogió el estomago: El olor de las mujeres era denso, intenso, asfixiante… Olían a futura muerte por exceso de nanos corruptos que en cualquier momento las colapsarían y harían desaparecer del recuento. Se le hicieron cientos de proposiciones deshonestas. Hizo oídos sordos a todas. Rosita le esperaba en casa…
El siguiente círculo estaba ocupado por los temporeros, por los chulos de las putas, por los matones que esperaban allí un posible cliente, por los prostitutos que se ofrecían a cualquier aberración con tal de conseguir algo de comida o nanos. El olor también era denso, pero Dieter no tenía tanto problema con los hombres. Al fin y al cabo con ellos sabia manejarse y si había que utilizar los puños, se utilizaban y punto.
Los extremos de la ciudad eran un conjunto de chabolas y canales donde se amontonaban los últimos expulsados por el ritmo de la ciudad. Allí estaban los hombres y mujeres que malvivían con un numero casi ínfimo de nanos, los suficientes para sobrevivir.
Los sistemas de recuperación del agua no funcionaban adecuadamente en las zonas más bajas de la cúpula e imperaba olor a putrefacción, tan denso que parecía que uno flotaba en su interior.
En cuanto se pasó la voz de que había llegado, los interesados se acercaron a ofertar su mercancía.
- Un hombre y una mujer, allí – Dijo un hombre bajo, delgado y muy peludo con el que ya había trabajado alguna vez. Dieter tenía una memoria extraordinaria: El hombre se llamaba Gringo.
- No, yo tengo a un hombre mejor que el suyo – Era la oferta de una mujer esquelética – Está en las ultimas – La mujer tiró del abrigo de Dieter – Venga a verlo, no se arrepentirá.
Gringo agarró a la mujer del pelo y la zarandeó.
- Yo por lo menos no tengo a mis enfermos sin comer ni beber para conseguir la dieta.
- Eso es mentira. Es mentira – Cayó de rodillas ante Dieter – Le juro que le ayudé lo que pude, pero se niega a comer.
- Gringo dice la verdad – Susurró una voz anónima desde la oscuridad – Esa zorra engulle la comida de los pobres que caen en sus brazos y luego te los ofrece para conseguir la dosis.
Dieter sabía que dudando, podía perder su imagen de hombre de negocios.
- Vamos a ver si tus caballos son tan ganadores como dices, Gringo.
La mujer fue a replicar pero la mirada de Dieter la hizo callar: Ya le tocaría a ella la próxima vez.
Dieter siguió a Gringo en la semioscuridad. Por si acaso, metió la mano en su bolsillo y acarició el implotador.
Gringo tenía a sus especimenes apoyados contra el lugar donde la cúpula se hundía en el suelo, sus dientes de acero y grueso cristal mordían la tierra.
- Mírales, mírales y dime que no son perfectos.
Dieter se tuvo que inclinar mucho para verles bien. Por nada del mundo se arrodillaría alli.
Eran un hombre y una mujer abrazados, consumidos por el hambre, la sed, la falta de Nanos… por la vida en general. Gringo le puso al día:
- Les echaron del edificio donde vivian. Trabajaban en una fábrica y tuvieron que despedir a unos cuantos. En la lotería les tocó a los dos a la vez.
- Una autentica putada – Dijo una voz en la oscuridad, una voz puntuada por la pavesa roja de un cigarro – Pero por lo menos van a morir juntos.
- Hicieron un pacto – continuó Gringo – sabían que no saldrían de aquí y se metieron una dosis de algo, de algo muy sucio que prefiero no saber. No es tan bueno como lo tuyo.
Pero ellos no querían viajar, ni olvidar, ni sentir. Ellos querían dormirse y morirse abrazados. Un nudo de conmiseración se adueñó de la garganta de Dieter. Maldijo al viejo por obligarle a hacer este trabajo.
- Supongo que servirán. Sácalos de ahí.
Dieter se apartó mientras Gringo agarró de las piernas del hombre y tiró de él. Este abrió los ojos, dos franjas blanquecinas, intentando decir algo. La mujer arañó el suelo buscando al hombre. Acabó haciéndose una madeja sobre si misma y gimió. Al oírlo, el hombre la imitó.
Gringo se dispuso a darles una patada para callarles. Dieter se lo impidió y, aunque se manchó las manos les ayudó a juntarse de nuevo.
Dieter se inclinó sobre los dos. Susurró que no se preocupasen, que les ayudaría a morir. No hubo respuesta.
Gringo se apartó un poco. No sabía muy bien qué hacía Dieter con los cuerpos, pero tampoco quería saberlo.
Dieter les inyectó, con rapidez profesional, un bálsamo para sus últimas horas. Morirían tranquilos, sin sufrir. Luego comenzó a trabajar. Una vez terminó, se alejó de los cuerpos. Por un lado le daban pena, por otro envidia que fueran capaces de seguir juntos hasta el final.
Gringo esperaba su pago. Dieter le dio las bolsas con las dosis.
- ¿Sólo esto? – Preguntó Gringo con desolación – Te he ofrecido dos.
- Ese es el pago de dos.
Sin esperar respuesta, Dieter se alejó sin mirar atrás.
Si Gringo era listo, y Dieter sabia que lo era, racionaría sus dosis y vendería el resto para subsistir hasta la próxima vez que Dieter regresase.

2 comentarios:

L.M. dijo...

MOLA!!!!!!!!!!!!!

ya toy enganchao jajaja

:)

dav dijo...

guay!
ya sabes que siempre me han gustado tus futuribles apocalípticos...
cuelga ya el siguiente!