15/11/08

DIA MENOS TRES (VI)

ONCE

VI
Leon protagonizaba el oficio principal del día, el resto lo dejaba en manos de los subalternos. Elevó la voz por encima del murmullo contínuo de las confesiones y los gritos de los penitentes que surgían de las estancias adyacentes.
- El creador nos hizo a su semejanza. Demosle las gracias.
- Gracias – La palabra emitida por los feligreses era como un zumbido. Ellos estaban allí por las formas y todo aquello era como un molesto ritual a seguir.
- El creador nos dió su esencia. Démosle las gracias.
- Gracias – Leon hacía aquello con desapasionamiento. En los primeros tiempo sudaba, gritaba, enardecía con sus proclamas, cuando era un auténtico juego y reto. Pero, como todo, acabó convirtiéndose en un eterno retorno. Las nuevas substancias introducidas en las formas eran cada vez más potentes. Y se necesitaba menos energía para obtener la misma respuesta.
- El creador nos contagió con sus nanos, nos hizo uno gracias a su sacrificio. Demosle las gracias.
- Gracias.
- Es por ello que nos hemos reunido aquí hoy, a esta hora, para devolver su sacrificio al creador, para hacernos uno con él y que nos identifique como parte suya. Queremos que el creador nos conozco, que sepa que estamos aquí.
- Amen.
- Nosotros somos parte del creador, no el creador parte de nosotros.
- Amen.
- Estamos aquí a esta hora, para confesar nuestros pecados y lograr la absolución. ¿Quién quiere dar su ser al creador?
- Todos – Aquí la gente comenzaba a levantarse, todos querían ser los primeros en tomar las formas.
- Volvamos a su seno. Ocupar vuestro lugar en su interior.
- Amen. Amen…
Leon bajó los brazos dejando paso a los hermanos que bajaban del púlpito con las cajas de las formas. A veces Leon observaba los oficios desde el piso superior y le seguía maravillando la extraña coreografia que tenía lugar: Los hermanos descendían hacia la nave principal, vestidos de blanco resplandeciente con las togas flotando tras ellos; mientras, las colas ordenadas de feligreses avanzaban serpenteando hacia ellos, con sus manos extendidas para colocarlas en los nanoderos que colgaban del pecho de los hermanos.
Eran tan solo unos pocos cientos de nanos a cambio de una forma que temporalmente les absolvería de sus pecados, de sus deprimentes existencias.
Leon vió los primeros síntomas: Como las formas se disolvian, liberaban su contenido e interactuaban con los nanos, generando las visiones que cada día llevaba más gente hasta allí. Siempre habia tenido curiosidad por saber cuales eran los efectos, pero hasta el momento se habia abstenido de probarlo. Se conocía bien y su naturaleza adictiva le pediría más. Por el momento prefería seguir con los pies en la tierra. Los feligreses volvieron a sus bancos notando como la forma se disolvía en su interior y acababa con su individualidad. Algunos de ellos, los mas osados, no volvieron a su lugar sino que caminaron hasta la zona de los penitentes. Se desnudaban total o parcialente, y con los brazos en cruz pedían a los hermanos del latigo que les azotasen. Sus gestos de dolor, sus gritos, se colgaban del aire, empápandolo como la lluvia.
El olor a sangre y sudor, a la cera de las velas y a los fluídos corporales que se perdían durante los extasis flotában sobre todos ellos.
Leon levantó los brazos, el silencio imperó en el lugar. Su susurro fue perfectamente audible.
- Está aquí, con nosotros. Notadlo en vuestros cuerpos, deslizándose por vuestra sangre. Dejadle paso… No os negueis.
Hasta los penitentes recibían en silencio los latigazos que puntuaban el momento.
- Desciende hacia arriba, baja hacia lo más alto. Brilla en la oscuridad y oscurece la luz.
Las luces se apagaron. En el interior, sellado a cal y canto, descendió la oscuridad absoluta.
- Ahora somos todos uno. Ahora somos el creador.
Pudo ver que algunos de los feligreses caían al suelo. Los hermanos los retiraban discreta y silenciosamente. Aquellos que morían en medio del extasis eran liberados de sus nanos y tirados al rio.
- Es la paradoja hecha realidad.
Las formas actuaban siempre de forma distinta: Hacía hablar a la gente en dialectos extraños y desconocidos; otros se veían a si mismos en otros lugares y ciudades desconocidas; otros soñaban con un mundo bajo la luz del sol. Para los que morían en el extasis era la culminacion de una vida.
Estúpidos, penso Leon, que estúpidos sois.
Tras el oficio pasó por sus habitaciones. Joana le quitó la tunica empapada en sudor y le hizo pasar al baño, donde le enjábono mientras acariciaba su cuerpo.
- He llamado a un taxi para que te lleve a tu cita – Dijo ella mientras levantaba uno de los brazos de Leon y enredaba picaramente sus dedos en los pelos del sobaco de Leon.
- Muy bien, eres una pupila muy obediente.
- Dejarás que te acompañe.
- Hoy no. Otro día tal vez.
- Pero, yo quiero acompañarte alguna vez. Nunca he estado y…
- Te he dicho que otro día – Joana hizo un mohín. Leon suspiró interioremente. Ya había vivído aquello: Las pupilas se creían únicas en su vida y actuaban como mujeres celosas, queriendo más promesas de las que estaba dispuesto a conceder. Era en esos momentos cuando las ofertaba quedarse en la iglesia viviendo como un hermano más o que la llevase a cualquier orilla escogida y la dejase allí. La hizo la pregunta que determinaría su permanéncia:
- ¿Quieres irte, Joana? ¿Acaso no eres feliz aquí, conmigo?
- Si, pero…
- Chisst, mi querida; disfruta de lo que se te ofrece.
Le acarició el pelo y la obligó a entrar con él en la bañera. Joana se quitó la ropa mojada. Comenzó a besarla, luego se puso sobre ella y mordisqueó su cuello.
- Leon..
- Qué.
- Quiero volver a tomar las formas, quiero ayudar en la iglesia.
- ¿Por qué?
- Desde que estoy contigo siento que me falta algo…
Leon se movió al lado opuesto de la bañera y el agua saltó al exterior en una oleada.
- Tienes todo lo que te puedo dar, Joana.
- Si, pero me tienes aquí todo el dia aislada. Antes hablaba con la gente, ayudaba y ahora me has convertido en una inútil - Leon salió de la bañera y se envolvió en una toalla. Joana salió tras él, empapando el suelo - Los hermanos ya no me hablan como antes. Estar aquí, contigo, me hace sentir como si ya no fuera parte de ellos.
- Ya no eres parte de ellos. Lo sabias cuando te metiste en mi cama y te convertiste en mi puta particular. ¡Vistete! – Joana se sintió cohibida por la rápida brusquedad – ¡He dicho que te vistas! - Joana recogió sus ropas mojadas y se tapó con ellas - ¿Quieres tomar las formas? Tómalas. Pero yo no quiero drogadictos en mi cama. Es lo unico que te he pedido siempre a cambio de esto - Con un gesto de mano abarcó las habitaciones que les rodeaban.
Leon tiró la toalla al suelo e indicó a Joana que la recogiera. Esta lo hizo.
- Voy a vestirme y salir. Cuando vuelva, no quiero que estés aquí. A partir de ahora ni me mires cuando nos crucemos.
- Leon, yo te quiero, pero necesito…
- Tú no me quieres. Y yo tampoco.
Leon salió sin mirar atrás.

DIA MENOS TRES (V)

I


Caminar por ese bárrio, que fue el suyo antes de entrar en el ministerio, le trajo a la memoria los tiempos en que pensaban que la guerra terminaría en el exterior y que podrían salir a reconstruir el mundo. Era cuando vivía con Martin en un cuchitril, cuando los dos pensaban que sus trabajos artísticos les permitirían vivir desahogadamente. Pero todo terminaba tras choques y choques contra las instituciones que dejaban pasar el arte en un sentido y otro. Recibían comunicados de “No Válido” y vuelta a empezar.
Y fue en ese momento cuando Yemma le consiguió el trabajo en el ministerio, cuando su relación con Martin se resintió. La oledada de tristeza por la perdida le ahogó de golpe, desacostumbrado a sentimientos como aquel por llevar demasiado tiempo sumido en la desidia. Decidió ignorar los avisos de estabilización de los nanos y siguió disfrutando aquella tristeza hasta llegar a la puerta del edificio de apartamentos donde vivía Martin. Llamó al portero antes de subir. Sabía que no les responderian. Por ello fue una sorpresa escuchar una voz femenina.
- Si.
- Hola. Vengo del ministerio del transito y…
La puerta se abrió. Germain entró y observó como el edificio parecía aun más deteriorado que la última vez, como la miseria surgía del suelo agarrándose a las paredes y ascendiendo piso por piso. El ascensor no funcionaba.
Agotado en cada rellano, escuchaba los latidos detrás de las puertas: Conexiones a la televisión o a Conecta2. Olor a pintura de los pintores y los tableteos sobre instrumentos de los músicos. Como aun no había eliminado la tristeza, se quedó con ganas de llamar a la puerta y decirles que no había nada que hacer, que las instituciones estaban cerradas al arte y que sólo repetían los mismos esquemas una y otra vez, y con los mismos autores amigos una y otra vez.
La puerta del apartamento de Martin se abrió un par de pisos sobre él. Activó la estabilización y la tristeza desapareció en apenas unos escalones. Una silueta se perfilaba a pocos metros de él. Una mujer baja, mucha cabeza para su gusto y con un peinado “al estilo artistico” que le quedaba bastante mal. Pero buena figura y, sobre todo, una sombra de preocupación en unos ojos que eran lo mejor del rostro. En el apartamento de al lado la música tronaba.
- Hola – Dijo la chica, cohibida.
- Hola. Como ya le dije antes, vengo del ministerio y…
- ¿Le ha pasado algo a Martin?
Germain había olvidado los protocolos de actuación del ministerio. Enseñó la página con la información.
- ¿Puedo entrar? – Preguntó Germain.
La chica no parecía muy conforme, pero se hizo a un lado y le miró con extrañeza:
- ¿Nos conocemos?
- No creo. ¿Por?
- Hay algo en ti que me suena. ¿Eres del barrio?
- Ya no.
Lucia hacía intentos rapidos de fijar la cara de Germain en su memoria, pero no parecía avanzar mucho.
- Necesito saber cuándo fue la última vez que vió a Martin, cualquier cosa relacionada con él y con usted.
- ¿Quiere tomar algo?
- Bueno, algo fresco. La subida me ha dejado muerto – Enseguida se arrepintió de haber dicho aquello, no queria parecer un acabado – Cualquier cosa con hielo.
- Agua. Es lo unico que consumimos en esta casa.
- Me parece bien.
Mientras la chica desaparecía en la cocina, Germain paseó la mirada por su alrededor: Aquello seguía siendo un armario empotrado a pesar de los rastros de pintura nueva y de los nuevos posters denunciando la situación de los externos. Incluso había un par de cuadros nuevos de Martin, aun en sus caballetes. Germain pudo ver que había suavizado su estilo, adaptándolo a los cánones impuestos por las instituciones. No le gustó. No le gustó nada. ¿Estaba Martin vendiéndose antes de su desaparición? Pudo oir el baile de los hielos al caer en los vasos en la cocina, eso significaba que la musica había cesado en la casa vecina. La chica entró de nuevo en la estancia. Su rostro parecía turbio, lleno de sensaciones contradictorias: Por un lado quería aparentar serenidad y, por otro, parecía a punto de soltar un grito de histerismo. Y no dejaba de mirarle fijamente.
- Lo siento, pero estoy seguro de que le he visto antes.
- ¿Quiere que empecemos? – Preguntó Germain sintiendose incomodo ¿Intentaba seducirle la novia de su amigo desaparecido?
- Pero antes hay que dejar algo muy claro.
- Usted dira.
- Tanto Martin como yo somos Reservacionistas – Germain puso gesto de “qué coño es eso”. Lo que hizo que la chica abriera un cajon y sacase un portafolios – Aquí lo tiene escrito.
Tendió un certificado gestionado a traves del ministerio de comunicaciones. La chica, llamada Lucia, se acogía a una estupida enmienda que la eximía de abrir su carpeta personal a cualquier persona, compañía o ministerio a no ser que tuvieran una orden expresa. Asi que, según aquello, Germain no podía acceder a los paquetes de recuerdos de Lucia y obtener directamente la información, sino que debía grabar la conversación como unico dato accesible.
- Es logico que Martin hiciera algo de esto en cuanto pudiera.
- ¿Le conocía? – Una sombra extraña cruzó por la cara de Lucia, sombra que recompuso con rapidez.
- Si. Me llamo Germain. ¿Nunca te habló de mi?
- Ah, si. Un amigo intimo, ¿Verdad? Quiero decir: Ex Amigo Intimo.
- Más o menos. Cuando saltó la información sobre Martin me la endiñaron por mi conexión con él.
Lucia se sentó en un cojín y cruzó las piernas. Era un movimiento estudiado, casi felino. Señaló un sofa para que Germain se sentara.
- ¿Empezamos? – Dijo Lucia
- Cuando quiera.
- Martin y yo nos conocimos cuando yo trabajaba en la instalacion de un artebar y él era uno de los clientes más asiduos. Luego me cancelaron el alquiler y como estábamos viviendo prácticamente juntos, nos pareció logico que me instalase aquí.
- ¿Qué ha hecho Martin ultimamente?
- Trabajar. Aquí tienes sus dos últimas obras.
- Muy bonitas – Mintió – Aparte de eso, ¿Qué más hacía?
- Salíamos poco, si se refiere a eso. Entre que nuestro credito de nanos siempre era bajo y que no teníamos muchos amigos…
- Pues eso si que es… era…. Es raro en Martin. Le encantaba estar rodeado de gente continuamente.
- ¿Hace cuento que no le veias?
- Mucho.
- Entonces fuiste tú el que abrio su herida. Cuando le conocí me contó que un gran amigo suyo había renunciado a todo por una mujer, y que ese amigo tenía mucho arte dentro pero que prefirió un puesto mas seguro.
- Dicho asi no puedo ser otro que yo.
Lucia se encendió un cigarro y ofreció otro a Germain. Este, instintivamente, tendió la mano para cogerlo pero recordó que lo había dejado.
- Según el recuento, a Martin le pasó algo la ultima noche.
- Y ahora quiere saber cuándo ha sido la ultima vez que le he visto.
Germain gruñó como respuesta. No sabía qué era, pero algo en esa chica le incomodaba y le revolucionaba los nanos.
- Tuvimos una bronca gorda. Pero gorda de verdad.
- Por alguna razon que se pueda saber.
- Los cuadros – Dijo señalándolos – Estos cuadros de mierda fueron la razon: Yo quería que los enviase a la última remesa de las instituciones. Y Martín no estaba muy seguro de ello, decía que tenía que pensárselo un poco más.
- Ya ha escuchado eso muchas veces.
- Asi que ya sabes como se ponía. Y la culpa fue mia: Rellené los formularios de presentación a las instituciones sin su consentimiento. Y cuando llegó la fecha de entrega, Martin se puso como un loco y empezó a acusarme de meterme en su vida y de no contar con él - El humo del cigarro se enroscaba alrededor de Lucia como si el aire que la rodeaba fuera más denso - Me mandó a la mierda, dio un portazo y se fué. Pensé que volvería por la noche pero no lo hizo.
- No pensó en llamar a algun sistema de localizacion. Tal vez…
- Ya le he dejado claro que somos reservacionistas. De qué sirve serlo si en cuanto él se va yo no respeto su espacio y ordeno una busqueda.
- Ya. Es cierto.
- ¿Y en el recuento no ha aparecido?
- No. Consta como desaparecido.
- Qué le ha pasado. ¿Está muerto?
- El recuento no especifica. Sólo computa. Es una maquina.
Lucia apagó el cigarro de golpe.
- No hay más que contar de Martin. Sólo que espero que no esté muerto
- El Amne escuda a la gente del recuento. Martin o… usted… han consumido Amne…
- Jamás.
- Perdon por la pregunta.
- ¿Por qué me pide perdon?
- Es que me ha parecido usted tan ofendida…
- Soy yo la que tiene que pedirle perdón pero tiene que entenderme: Martin ha desaparecido y usted, un amigo que le hizo mucho daño, vuelve a aparecer y acusa a Martin de consumir Amne.
- Bueno, perdonemonos mutuamente. ¿Puede hablarme de alguien con quien Martin tuviera contacto?
- Con nadie que yo sepa. Se había aislado aquí. Salía a hacer su trabajo y luego volvía.
- ¿En qué estaba trabajando?
- Tenía su propia empresa de restauración de muebles. A la gente le gusta presumir de muebles nuevos aunque sean los de siempre. ¿Quiere una tarjeta de su empresa?
Un aviso de conexión entrante.
- Si me disculpa un momento – Germain abrió la conexión. Yemma estaba exultante.
- ¡Cariño! Eres un cielo. ¡He recibido la actualizacion! ¡Ya me he actualizado y soy normal otra vez! Es maravilloso. Que de colores nuevos, que nitidez.
Germain no había notado jamas ninguna diferencia al actualizarse, pero prefirió callar.
- Estoy trabajando, “cielo”. Luego hablamos.
- Claro, claro. Perdona, pero es que estoy “tan” emocionada. Ya veras lo que te he organizado para esta noche y…
Germain cortó la comunicación bruscamente. Lucia se había servido un poco de alcohol.
- ¿Quiere un poco?
- No. Estoy de servicio.
- Que tonteria. Luego ordena a los nanos que actuen y punto.
- Aun así, no gracias.
- Esta es la tarjeta que le dije.
- ¿En papel?
- A Martin le gustaba.
Germain observó una tarjeta de colores chillones cambiantes que anunciaban al mago de los muebles viejos. Una foto saltaba desde la tarjeta: Martin con un mono de trabajo y gesto satisfecho. Había engordado, tenía muchas canas y sus ojos seguían siendo profundos y llenos de rabia. Se puso en pie.
- Bueno, pues con esto tengo todo lo necesario. Voy a darle mi contacto en el ministerio por si supiera algo de Martin o de lo que le ha pasado.
- Espere, voy a coger papel.
- Pensaba darle un paquete de información.
- Estoy bloqueada al resto ¿Recuerda?
El retintín en la voz de Lucia le sonó a impertinencia sin enmascarar. Lucia cogió papel y boligrafo y Germain le escribió su contacto.
Lucia le acompañó los dos pasos hasta la puerta. Germain salió al descansillo y tendió su mano a Lucia. Esta, amistosa, le dio dos besos rápidos.
- Al fin y al cabo estanos conectados de alguna manera.
- Si, claro. Pues en cuanto sepa algo se lo haré saber.
La puerta se cerró tras Lucia sin darle pie a más comunicación. Mientras descendía las escaleras no supo precisar por qué no le había gustado nada Lucia. ¿Su brusquedad? ¿Su forma de actuar y acusarle de haber cambiado, con su marcha al ministerio, la forma de ser de Martin? Ni siquiera le había dado el beneficio de la duda. ¿Y por qué no se quitaba de encima la sensación de que a Lucia no le importaba mucho qué hubiera sido de Martin?
Encargó a la central un paquete de datos con el dossier de Lucia. Apellido desconocido. Adjuntó Foto de ella tomada de su memoria y el último domicilio conocido. Buscar en listas Reservacionistas. Cuando había descendido un par de pisos, la música volvió a atronar las escaleras. Provenía de los pisos superiores como una oleada que le impulsó a bajar más rapido los pisos que quedaban. Ya en el exterior se le encendió la bombilla de las ideas. A través del interfono llamó al vecino de Martin y Lucia.
- ¿Digame? – Una voz de hombre, hombre cascado para más señas.
- Buenos días. Mire: Trabajo en el ministerio de…
- Ya lo sé, le he oido a traves de la pared.
- Me imagino que siempre oye todo lo que ocurre en la casa de al lado.
- Pues si. Entre que las paredes son de papel y yo soy algo cotilla.
- Tiene algo que hacer ahora.
- Comer algo si me invita.
- Bueno, vale.
- Pues espéreme en el bar de la esquina que bajo en breve.

DIA MENOS TRES (IV)

II


Dieter dormía plácidamente cuando comenzó a sonar el teléfono. Soñaba con el hombre y la mujer abrazados en el suelo, llenos de vida y alegría. El telefono seguía sonando. Escuchó, lejana, la voz de Rosita contestando. Luego escuchó sus chanclas flipflopeando hasta llegar junto a la cama.
- Dieter – Susurró Rosita – Es el Viejo.
- Dile que estoy hecho polvo.
- Ya le has oido: Está hecho polvo. Ha venido muy tarde de sus negocios. Vale. Yo le digo. Hasta luego.
Rosita colgó. Dieter refunfuñó en la cama.
- Qué quería el viejo asqueroso.
- Preguntar si habías conseguido algo esta noche. Ordenó que bajaras en diez minutos, quince como mucho.
- Qué pesado es. Quiero dormir un poco más.
- No y no. La pereza es el principio de la muerte.
- ¿De dónde te has sacado esa chorrada?
- Yo que sé. Son cosas que se me ocurren. Dieter, cariño, vivimos del Viejo. Si el dice que bajes, tienes que bajar.
- Si el Viejo quiere que salga en busca de sus “cosas”, que tenga un poco de cuidado conmigo.
Dieter, de espaldas a Rosita, escuchó como ella suspiraba y se quitaba la ropa, apartaba las sabanas y se metió junto a él en la cama.
- Dios, que calor das.
- Aun puedo dar mas calor – Dijo Dieter dándose la vuelta y abrazandola. Rosita correspondió al abrazo y le atrajo hacia sí.
- ¿Estás caliente?
- Si. ¿Y tú?
- No tanto, pero así te despierto.
El aliento de Rosita olía a café y sabia a cigarrillos. Rosita sabía manejar muy bien la lengua, primero en la boca de Dieter y después en el resto de su cuerpo. Fue un encuentro sexual rápido. Lamidas, roces, penetraciones y cabalgadas rapidas en un orden prefabricado con la intención de devolver a Dieter al mundo de los vivos. Al terminar, con la nariz de Rosita metida en su sobaco, Dieter miró los omoplatos morenos de Rosita.
- ¿Has pensado alguna vez si te gustaría morir en mis brazos?
- ¿Qué?
- Crées que algún día moriremos juntos.
Rosita se apartó de Dieter sentándose en la cama.
- Siempre que vienes de allí me dices unas cosas muy raras. Tal vez debería acompañarte algun día.
- No. Ni se te ocurra - Dieter lamió el rastro de sudor que bajaba por la espalda de Rosita – Eso no es para ti.
- Si, claro. Sabes que yo era la que hacía esos trabajos para el Viejo antes de que te reclutase. Puedo volver a hacerlo en cualquier momento.
- Lo sé. Es sólo que…
- Dieter. Que me tengas en tu cama todas las noches, que te haga la comida, te lave la ropa… No significa nada. Mis calibraciones de disparo son mejores que las tuyas y soy yo la guardaespaldas del Viejo, tú sólo eres un camello de tres al cuarto.
- Vale. Entendido. Sólo prométeme que te morirás abrazada a mí si aún seguimos juntos cuando…
- Prometido. Vamos, levántate y duchate, que hueles a todo. El Viejo te espera.
- El viejo. El viejo. Que rollo de viejo.
Subió los dos pisos hasta el laboratorio del Viejo. Cuando abrió la puerta le encontró metido hasta la nariz en una simulación llena de colores.
- ¿Qué es eso?
- La matriz de un nano corrupto. Su programación es fascinante. Mira – Activó una pantalla táctil y fue separando gropusculos codificados - Aquí tienes un conjunto de virus en lucha por reescribirse los unos a los otros. Es tan complicado desenmarañarlo como una selva tropical
- ¿Una qué?
- Cómo fue la caza esta noche.
- Bien. Conseguí dos especimenes – Dejó las dos capsulas sobre la mesa – Aunque cada vez hay menos gente en los extremos… Es como si alguien se los llevase.
El Viejo se abalanzó sobre las capsulas y las contempló al trasluz.
- Es un color tan hermoso... Quien diría que está lleno de la semilla del mal.
- Además, creo que los proveedores empiezan a pensar que el pago es escaso. Gringo me ha puesto mala cara.
- Gringo tiene los días contados. Un día de estos mandaré a Rosita para que le de una dosis mortal.
- Preferiría que Rosita no fuera allí. Es demasiado…
- No hay ningún “demasiado” para Rosita. La tienes en un altarcillo pero no es una virgen.
El Viejo llevó las capsulas hasta el deposito y las crioenterró; a cambio sacó unas cuantas ampollas de liquido ambarino.
- Aquí hay para varias dosis, te bastará para esta noche.
Dieter calculó que, cortandola adecuadamente con suero, conseguiría más dosis de las pensadas por el Viejo. El beneficio para él sería más que considerable.
- Se hará lo que se pueda.
- Tambien te he dejado por ahí una lista con las cosas que quiero que me traigais – El Viejo señaló el caos de papeles sobre una de sus mesas.
- Podrías mandarnos un paquete con los datos. No me gusta que la gente vea un papel.
- No derrocho mis nanos con tonterías de esas. Has crecido con los nanos aquí – Dio un par de golpecitos en la frente de Dieter – y no eres capaz de mear sin utilizarlos. Ese es un problema muy común aquí dentro, que no teneis capacidad de pensar como es la vida sin los nanos.
- Ya me lo has contado mil veces, gracias – Atajó Dieter con brusquedad.
- Y Mil veces no me has escuchado. Cargate de nanos antes de salir.
Era una forma como otra cualquiera de ordenar a Dieter que saliera de la habitación. Dieter obedeció en silencio, aunque la ira le quemaba por dentro.
En cuanto Dieter salió de la habitacioin, el Viejo pensó que debía hablar con Rosita sobre Dieter, sobre si se había tomado demasiadas libertades.
Tal vez fuera el momento de reprogramarlo; o de eliminarlo y sustituirle.
En la pantalla giraban las programaciones víricas del nano estudiado. El Viejo lo observó. Aquel era su verdadero mundo, y no el que le rodeaba.

DIA MENOS TRES (III)

III


Siendo asunto oficial, y teniendo en cuenta que su recuento de nanos aun ofrecía un positivo bastante alto, Germain tomó un ricksaw hasta la zona donde vivía Martin.
- Dónde vamos, Jefe – Preguntó el taxista.
- Al edificio 54 de la calle Estrago.
- Ufff- Silbó el taxista, un hombre delgado y peludo vestido de negro y lleno de sortijas y cadenas de oro – Eso es fuera de los primeros canales, tendré que subir el tanto por ciento de nanos.
- ¿Cuánto, por decir un casual?
- Pues casualmente como un 10 por ciento sobre el total.
- Y una mierda. La calle Estrago está dentro de la zona uno.
- Pues ya puede ir bajándose.
- Mira, soy policia y si quieres yo me bajo y luego miramos tu contador. Igual está ajustado y no eres un puto timador, o igual está desajustado y te meto un paquete que te cagas, ademas de un buen par de hostias.
- ¡Marchando al edificio 54!
El taxista comenzó a pedalear sumergiendoles en la densa carotida que se alejaba del edificio del ministerio. Los primeros minutos Germain miró por la ventanilla. Estaba acostumbrado a moverse en subterraneo y hacia mucho que no paseaba.
- Y qué le lleva a la calle estragon, Jefe. Sabe que es una zona con una reputacion de mierda. ¿No? Con todos esos intelectuales y activistas y supuestos artistas.
- Asuntos de la policía, asi que ajusta bien la cuenta porque quiero una nota.
- Una cosa es una cosa y otra la amenaza gratuita.
- Tiene razón. Vamos a dejar de hablar, tengo cosas que hacer.
El taxista gruñó como respuesta. Germain desplegó el menú de conecta2 y observó el parpadeo del mensaje de Martín. Lo abrió y se desplegó un archivo adjunto que pasó por el scanner: Era un archivo cifrado pero limpio. Lo abrió. Pidió su número de identificación personal. Germain lo activó.
Pregúntate esto: Quién nos gobierna. Quién les ha elegido. Cómo se llama nuestro lider”.
Era un mensaje sin pies ni cabeza. ¿Qué cojones quería decir Martin? Reconoció que se sintió ligeramente defraudado: Esperaba un mensaje de disculpa por la forma en que se había comportado las últimas veces que se vieron. Intentó seguir el rastro del mensaje desde el envio. Estaba bloqueado tras varias barreras. Martin, como siempre, prefería no dar la cara directamente.
El taxi dió un frenazo que casi lanzó a Germain por encima del taxista.
- ¡Me cago en…!
- ¿Qué pasa?
Un grupo de gente frente a una barricada montada en medio de la calle. Dos mujeres con los pechos al aire sostenían una pancarta. A Germain le pareció logico: Estaban acercándose al barrio de Martin y todo se contagiaba. Cuando salió del coche escuchó la voz de la mujer, quedándose afónica por momentos. Leyó la pancarta: Hay que admitir refugiados. Oh Dios, pensó, qué pesados estos concienciados de mierda.
- Ellos están dando su vida por nosotros y nosotros qué hacemos.
- ¡Nada! – Gritaron al unísono las mujeres de los pechos al aire.
- Nos mandan comida, bebida… nos alimentan! ¿Y qué hacemos nosotros? Les impedimos la entrada. El gobierno les prohibe la entrada.
- ¡Les prohibe la entrada! – Gritó una de las mujeres mientras la otra permanecía callada. Posiblemente tenía una comunicación interna. El Taxista bajó de su bicicleta.
- Tienen un buen reclamo: Hay que ver las tetas que tienen esas tías.
Todo era tristemente tranquilo: Los curiosos apenas llegaban a veinte personas que fumaban y charlaban, y que estaban allí mayoritariamente por ver las tetas a las mujeres. Germain decidió dejar el ricksaw y pasar caminando por un lado de la barricada.
- Vamos a ajustar la cuenta- Dijo al taxista.
- ¿Pongo algo de propina?
- Que menos después de tu intento de timarme.
El taxista volvió al ricksaw y Germain llamó al acceso directo con AdvocaTEC.
- Dios, que pesado eres. Si es por lo del paquete de actualizaciones ya lo he mandado.
- Siempre he pensado que eres un hombre cumplidor. ¿Has visto esto? Una manifestación ilegal.
AdvocaTEC analizó las imágenes.
- Buenas tetas tienen esas dos.
- Hazme un favor: Abre un poco el enfoque y observa la pancarta.
- Joder que pesados. ¿Qué les dan de comer a estos? ¿Conciencia? ¿Moral?
- Tiene pinta de haber sido montada espontáneamente. Igual ha sido una cena con exceso de alcohol y drogas que se ha alargado y acabado de esta manera. Fíjate que la pancarta son dos sabanas pegadas entre sí.
- Ya. Y el reclamo dos tías en bolas.
El taxista llegó con la nota y el nanometro. Germain la estudió, firmó y añadió mil nanos de propina. El gesto de “agarrado” del taxista no le pasó desapercibido, pero lo dejó pasar.
Volvió a su comunicación mientras ponia la mano sobre el nanodero. El flujo de nanos comenzó instantáneamente.
- ¿Mandas un equipo o lo dejas pasar?
- ¿Tu qué harías?
- Mandar un equipo y actuar haciendo muuuucho ruido. Bastante sensible está todo el mundo con que la policía no hace nada. La gente odia a los aperturistas, aunque sean unos don nadie como estos, y si saben que nos preocupamos por erradicarlos…
El taxista habia terminado con el recuento de nanos y, sin despedirse, se metió en su vehiculo y dio media vuelta.
- Pues mando un equipo y que me detengan a todos. Yo quiero ver esas tetas de cerca.
- Ya me imaginaba que te interesaría el tema.
- Venga, corta y dejame en paz.
Germain se acercó a la barricada. Era media mañana. Los pobres diablos habían elegido una mala hora para su miniconcentración: Ya habían salido los que trabajaban fuera del barrio. Y poca gente iba a entrar, desocupados generales o drogadictos en tránsito a sus negocios en el cerco externo de la cupula. Conforme se acercaba, le interceptó un hombre moreno con gafas de sol en la cabeza.
- Señor, perdone. Le gustaría darnos su firma y unos nanos para apoyar nuestra causa.
- Un equipo de la policia está en camino para deshacer la pancarta y romper unas cuantas cabezas. Sobre todo van a por las chicas esas de las tetas al aire.
El moreno se apartó como si Germain desprendiera descargas eléctricas. Germain se alejó internándose en el barrio de Estrago siguiendo uno de los canales. Desde allí se podia ver el inicio del descenso de la superestructura de la cupula, ese entramado laberíntico de remaches, vigas, acero y cristal.
Cuando vivía en aquel barrio le habían contado que los días sin nubes programadas, se podía entrever la luz del exterior. Pero jamás lo había visto y, sospechaba, con toda la mierda toxica que flotaba al otro lado y que se posaba sobre la cupula jamás se vería.

DIA MENOS TRES (II)

IV



En la entrada del ministerio el movimiento de siempre. Oleadas de gente aquí y alla. Todos tenían algo que decir, algo que pedir, algo que ofrecer o denunciar. Germain se embutió en el ascensor con un montón de gente. Dio de bruces contra Galena, una de sus compañeras. La cercanía era tal que no podía menos que entablar conversación. La saludó con un gesto de cabeza.
Galena no le contestó. Evidentemente estaba metida en contacta2. Aun así, cuando la gente entró en el siguiente piso y empujó, aprovechó para pegarse a ella. Por si acaso tuviera una erección, mandó a los Nanos que bajo ningun concepto empujaran sangre dentro de su pene. Luego rectiticó su orden: Dejemos a la naturaleza seguir su curso. Y la naturaleza no hizo mucho caso del cuerpo caliente de Galena. Germain se preocupó: ¿Estaría quedandose sin deseo sexual?
En su departamento estaban todos preparandose para el recuento del inicio del día. Germain recordó cuando acababa de entrar a trabajar en el departamento de seguridad y control, el recuento le había parecido excitante.
Pero ahora ya había dejado de importarle: Sólo era un simple y deprimente baile de cifras señalando que el fin estaba un poco más cerca.
El telefono del puesto de Adrian parpadeaba y titilaba con la llamada entrante. La comunicación se cortó y, apenas segundos después, se reinició.
Germain sabía que Adrian había llegado porque alli estaba ese engrudo blanco que masticaba con cara de asco a lo largo del día como parte de una dieta impuesta por los superiores: Nada de muy gordos con mucho colesterol. Y nada de hacer que los nanos se coman la grasa, es mucho trabajo para ellos.
Se sentó en su silla y comprobó los mensajes en su Terminal. Nada interesante.
De nuevo se silenció el telefono de Adrian y, de nuevo se reinició el sonsonete de llamada. En apenas dos timbrazos se activó el desvío automatico a su Terminal eliminando tareas anteriores. Por ordenes de los jefes contestar era prioritario. Ya cabreado, descolgó.
- Buenos días. Le atiende Germain. Puesto 345.
- Quería hablar con el señor Adrian, por favor – Una voz varonil, como de persona importante. Supuso que llervaría traje de corbata y chaqueta.
- En este momento no está, si puedo ayudarle yo…
- Bueno, no sé. Vera, mi mujer ha muerto y quería saber si…
Oh, vaya, un avaricioso: Deme mis nanos, por favor. Germain les odiaba. Si Yemma muriera algun día, y Germain esperaba fuera pronto, no reclamaría sus nanos… Le daría, no sé, asco. Su sexo siempre era con barreras de sangre y fluidos, Yemma nunca había querido tener los nanos de Germain en su interior, y Germain terminó pensando como ella.
- Pues lo siento, si es asunto de transmisión tendrá que hablar con Adrian...
- Es que se la cargaron y se llevaron sus nanos. Y – ¿Era un sollozo lo que estaba sonando al otro lado? – Ella era todo lo que tenía y… - Así que no era un avaricioso. La quería de verdad. Era un concepto tan extraño que le sonó a falso - Perdone, pero es que me siento muy solo y… Mire, la verdad, quería hablar con el señor Adrian para ver si podíamos tomar un café, como el otro dia. Me vino muy bien. A usted le gusta el café.
- No, lo siento. Soy alergico a la cafeína.
- Tambien tengo té. Mi mujer siempre tenía un monton de cosas en casa por si venían visitas. Recibía mucho, ¿Sabe usted?
- ¿Está intentando ligar conmigo?
- Qué dice. Ni siquiera sé cómo es fisicamente.
Adrian salió del cuarto de baño subiéndose los pantalones. Cuando se acercaba, Germain le hizo señas de que tenía a alguien al telefono para él. Adrian respondió con señas a su vez como: ¿Quién es? Y Germain escribió en su pantalla: Mujer muerta. Adrian se echó para atrás, como si estuviera viendo la peste personificada.
- Mire, ya ha llegado Adrian. Se lo paso.
Germain le tiró el telefono a Adrian, quien lo cogió y comenzó a soltar disculpas para no quedar con el varonil. No, no podía esa tarde. Tal vez cuando consiguiera poner un poco de orden en los nanos de su mujer. Si. No. Ya le llamaría. Un beso. Hasta luego. Colgó.
- Me estaba llamando todo el rato cuando, pero me encontraba en plena faena una vez conseguí sincronizar los nanos con mi aparato excretor… Y lo que menos me apetecía era decirle que está todo muy liado.
- Cómo de liado.
- No es que matasen a la mujer del tío este, es que primero la violaron una o dos veces por cabeza. Las joyas esas no tenían mucho aquí – se tocó la sien – y lo hicieron sin barreras de sangre y fluidos…
- Y la llenaron de nanos ajenos y ahora hay que separarlos y todo eso. ¿No?
- Ojalá, que va: La mujer de este tío tenía la sangre llena de virus, de anuncios toxicos y mierdas de esas. Así que mataron a la mujer, pero luego empezaron a caer todos en batería. La mezcla de alguno de los virus con el exceso de drogas les diluyó las neuronas, les hizo implotar el corazon. Fijaté que los forenses pensaban acusar a la muerta de asesinato retroactivo.
- Jesús.
- Les eché para atrás la denuncia. Quedé con el marido por consolarle un poco y porque no tenía mucho plan para ayer. Le dije que enseguida le darían los nanos y las cenizas de su mujer y todo eso. Pero no sabía, ni él me dijo, que su mujer tenía intercambios con cualquier cosa que se moviera y que sus nanos eran negros con tanta mezcla.
Germain pensó en el pobre marido y se arrepintió de haber sido tan brusco.
- Te conozco – Dijo Adrian – Ni lo pienses. No quiero volver a verle. Mandaré a un agente de los de abajo para que le suelte todo eso y le obligue a analizarse porque igual es una bomba en potencia. Y voy a poner un filtro a sus llamadas. Para mi se acabó el señor Agustin DR.
Zumbidos en marcha. El recuento estaba terminando y las pantallas se calentaban. Los trabajadores se congregaban alrededor del panel digital. Todos los teléfonos se colgaron automáticamente. Ordenes de los de arriba: El recuento es sagrado.
Los numeros subían y bajaban. Ni Adrian ni Germain se pusieron en pie, desde donde estaban lo veían bien.
Estabilidad numerica. En total 345 menos que la noche anterior. Las ordenes y paginas de información fueron escupidas y rebotadas de unos pisos a otros. Las bajas habían aumentado un 0’02 respecto al recuento anterior. La pregunta “¿Por qué tantos?” fue remitida a los analistas que devolverían su respuesta de siempre: “¿Por qué se extrañan del número? A nosotros nos parece bajo.”
Había que determinar infartos, suicidios, asesinatos, comas… En breve los agentes de los pisos bajos, los barrenderos de nanos, terminarían sus papeleos y desayunos y, cagándose en todo y cogiendo los informes que les correspondían aleatoriamente, saldrían a la calle a marcar la causa de muerte e intentar recuperar el cadáver para llevarlos al nanódromo.
Una hoja de entrada en su consola sorprendió a Germain. Adrian le miró con cara de “Jooder”.
- ¿Tu mujer?
- La he visto antes de salir de casa. Una pena pero no es ella.
Con la sensación de que había fallado en algo, Germain abrió el paquete de datos: La cara de Martin le miraba fijamente.
En eso había fallado. A Martin. Estaba desaparecido. O muerto. O en coma. Y como Germain lo tenía en su lista de adjuntos había saltado directamente a su consola.

DIA MENOS TRES (I)

DIA

DOCE

V

Los nanos cumplieron con su función programada: Generar adrenalina, estimular sus músculos y, en última instancia, moverle lo suficiente como para hacerle despertar.
Cuando abrió los ojos vio que la gotera del techo del dormitorio seguía con el mismo dibujo de la noche anterior. Sin novedad en el frente, aun no había que avisar al desgraciado del fontanero y…
Y entonces Yemma se inclinó sobre él:
-Buenos dias, cariño. Te he dejado un poco de agua caliente en la ducha. Date prisa porque he escuchado a los de arriba despertándose y ya sabes que se tiran “horas y horas” en la ducha.
Y Germain supo que algo no iba bien.
Yemma ya estaba despierta y sonreía. No podía recordar la última vez que se levantó antes que él y le hizo el desayuno. Su vida en pareja consistia en discutir, vivir cada uno su vida y tener algo de sexo rutinario de vez en cuando entre ellos… Yemma le obligaba cada vez más a quedar con parejas a traves de los Contacta2.
No entendía cómo Yemma podía pasarse todo el día sin salir del edificio: Levantarse, pasear por la casa, hacer la compra mandando paquetes a su tienda favorita y recibiéndola en casa, consiguiendo siempre los mejores articulos con la mierda de nanos que tenían en la cuenta. Mantenía su cuerpo esbelto y en forma gracias al gimnasio y la piscina del edificio. Pero jamás ponía un solo pie fuera del portal.
Había rechazado invitaciones de parejas que le atraían sólo porque no quisieron ir a verles alli.
Se miró en el espejo. Con esa barba de oso que Yemma le obligaba a llevar, los kilos de más y perdiendo la lucha contra la calvicie. Siempre que se miraba en el espejo se decía que algo no iba bien, nada bien. Pero jamás sabia de qué se trataba, por ello casi nunca se miraba en los espejos. Se dio una ducha rapida, lo justo antes de que el agua caliente se congelase. Se había quedado sin desodorante y se dijo, por novena o decima vez que debía comprar mas. Antes de salir del cuarto de baño se olvido de incluirlo en NOTAS.
En el Salon/Cocina/Despacho/cuarto de Invitados Yemma estaba ante su taza de café. Seguía sonriendo.
Y esta vez había puesto la mesa y todo. ¡Y había hecho el café! No es que fuera muy difícil hacerlo pero que Germain recordase, Yemma siempre gritaba que si tenía manos para sobarla de arriba abajo, tenía manos para poner la cafetera en marcha y que ella no pensaba hacerlo por él.
Y ahora sonreía, sonreía demasiado, y estaba el café hecho y las tostadas con mantequilla y mermelada. Y el mantel. Había puesto el mantel bueno.
Algo no cuadraba allí, pero Germain decidió aprovechar la coyuntura. Encendió la televisión y vio que todo seguia siendo igual: Guerra en el exterior, guerra en el espacio y las rubias presentadoras en guerra contra sus peinados y sonrisas falsas. Se centró en el desayuno. No quería saber más. Bastante tenía con su trabajo.
Yemma echó un poco mas de azucar en su café y lo removió lentamente.
- Por cierto, tengo seleccionado un perfil en los contacta2. Son una pareja interesante. Les gusta bailar, hablar, tomar copas y cosas de esas.
- ¿Bailar?
- Si, parecen gente maja. Les he enviado un par de toques de saludo y aun no han contestado. Te puedo enviar el contacto a tu menú.
Germain no puso mucho interes en el asunto. Yemma observó la tele, a las presentadoras rubias que parecian clonicas. Volvió al ataque.
- A ver qué tal.
- ¿Que tal qué?
- Lo de esa pareja, últimamente todos salen rana.
- Si. La verdad es que si.
- Pero claro, como soy yo la unica de los dos que parece tener interes en ese tipo de cosas.
- Estoy un poco despistado, perdona. Pero es que últimamente apenas tengo tiempo de mirar mis mensajes.
- Osea…. – Germain conocía ese tono de voz: Estaba tanteando el terreno antes de entrar a matar – No has visto las últimas noticias sobre las actualizaciones.
- ¿Algo interesante?
Germain se dió cuenta: Había picado el anzuelo que, sin nada de arte, le había tendido Yemma.
- ¿Interesante? Sólo que hay que tenerlas.
- No.
- ¿Cómo? ¿Pero tu quieres que yo sea una paria social o qué? Todo el mundo tiene las actualizaciones.
- No es obligatorio.
- Si que lo es. Todos DEBEN tener las actualizaciones.
- No sirven para nada.
- Acceso mas rapido a contacta2, mayores aperturas a los juegos de créditos…
- Últimamente casi no llegamos a final de mes con los nanos que tenemos. No puedes permitirte jugar con los creditos.
- Eso es porque gastas demasiado.
- ¿Gasto demasiado? Quién se pasa todo el dia en casa viendo la televisión sin hacer otra cosa que tocarse sus partes íntimas o abusando del contacta2?
- Yo, pero es porque me aburro.
- Buscate un trabajo.
- Sabes que las bolsas de trabajo estan fatal. Ademas, mi perfil no cuadra con nada, no tengo oficio ni beneficio, punto.
Germain iba a replicar pero pensó que tenía razon. Y aun así, no iba a darsela. Yemma volvió al ataque:
- Tu lo que quieres es aislarme del resto del mundo.
- ¿Qué mundo?
- El de ahí fuera
- ¡Pero si es una mierda!
- Igualmente me da lo mismo. Yo quiero saber qué pasa.
- ¡Pues sal a la calle, coño!
- Claro, como a ti las actualizaciones te las hacen gratis en el trabajo.
- Por algo se llama trabajo, y es necesario que las tenga.
- Pues tienes que hacer algo.
- ¿Respecto a qué?
- ¡¡A las actualizaciones!!
- Ya lo he hecho: Te he dicho que no.
Yemma le miró con gesto de odio. Luego se levantó de la mesa sin recoger nada. Subió el volumen de la tele hasta niveles insoportables y se tumbó en el sofa. Germain, resignado y agradecido que el tema de la discusión sólo fueran las jodidas actualizaciones, recogió la mesa. Fregó los cacharros y la cafetera. Hizo la cama. Se vistió y se dirigió a la salida sin despedirse. ¿Para qué hablar si su voz sería ahogada por la televisión?
Yemma puso el mute y le miró fijamente.
- A partir de ahora se acabó el sexo entre nosotros hasta que me actualices.
Germain cerró la puerta tras él.
En el ascensor se encontró con los vecinos de arriba. No había tema de conversación asi que Germain se abstuvo de sacar ninguno, y el vecino no quería hablar de nada no sea que surgiera el asunto de ¿“cuándo cojones vas a arreglarnos la gotera”’?
Dejó las llaves de su casa en el buzon. Después de muchos juegos perdidos, era la unica forma en la que sabía seguro donde las tenía.
Hacía buen dia. No había progamadas lluvias por el momento. Las corrientes de gente en un lado y otro, aun se movían ordenadamente por las aceras rumbo al transladador o las barcazas de transporte. Los periodiqueros intentaron colarle sus productos. Germain les evitó. No pensaba gastar nanos en información que tenía gratis en el trabajo.
Conectó con su jefe. AdvocaTEC gruñó al ver que era él. Aun no había tomado su primera copa de la mañana y había que ser cuidadoso.
- ¿Qué quieres? Si es por ese prestamo de nanos que me hiciste, aun no…
- Bueno, era por intentar cancelarlo de otra manera y llegar a un acuerdo – Advotec puso cara de interes- Consigueme un pack de la ultimas actualizaciones. Un pack sin número de serie ni nombre de adjudicatario ni nada.
- Para quién lo quieres.
- Para mi mujer. Me sale mas barato hacerlo así que pagar las licencias y mierdas de esas.
- La tendrás en tu Terminal.
- Un placer hacer negocios contigo. Pero no me lo mandes a mi, mandaselo a Yemma.
Atravesó la calle esquivando bicicletas y ricksaws y descendió al transladador subterraneo ordenando a los nanos que bloquearan su olfato.
Una vez amontonado con un montón de humanidad en el trasladador, Germain decidió actualizar su mensajería y desplegó los menus. Pocas entradas. La mayoría publicidad de actualizaciones. Eliminó un par de virus que le impulsarían a comprar Dios sabe qué. Había algunos boletines internos del ministerio sobre el recrudecimiento del consumo del Amne y los avances de las nuevas campañas para concienciar a la gente de denunciar a sus vecinos si sospechaban que consumían. Y luego vino la sorpresa: Martin. El remitente era desconocido y el tema estaba subrayado como personal e importante. Decidió abrirlo más tarde. Para enfrentarse a ese mensaje necesitaba un poco de tranquilidad.
Al desconectar los menus, se vio frente a una mujer gorda que debió entrar en el vagon mientras él estaba en contacta2. Su traje era espantoso y, aun a pesar de los nanos olfativos podía notar que apestaba a sudor. Tenía el pelo hecho un asco y sus ojos eran un pozo de vacuolas que giraban sobre si mismas. Germain generó una imagen dispuesto a mandarla junto con su identificacion al puesto de guardias de la siguiente estación: La mujer estaba bajo el influjo de un virus o sustancia ilegal.
Luego se maldijo: ¿Pero qué estaba haciendo? Aun no había fichado en el trabajo y ya estaba haciendo parte de su tarea. Anuló el envio. No pensaba mover un dedo por esa mierda de gente. Ademas, él no habia probado el Amne, pero entendia a la gente que lo utlizaba para desconectar durante un rato de todo.

DIA MENOS CUATRO (II)

I
La iglesia abrió las puertas cuando la oscuridad aun llenaba la ciudad. Ya esperaban los primeros penitentes en la balaustrada. Algunos con cara de haber despertado hacia poco, otros con cara de no haber tocado la cama.
Era un edificio grande, feo y gris; una nave industrial en desuso que León había adquirido y cambiado a su antojo de arriba abajo., convirtiéndolo en un lugar aun más oscuro.
La niebla sobrevolaba el rió junto a la iglesia llenaba las aceras, y se colaba en los cuerpos de los penitentes que notaban que sus dientes castañeteaban.
Los hermanos se distribuyeron por la nave central en sus puestos de la confesión, con los nanoderos parpadeando con ansia de ser llenados con la penitencia.
Todos en la ciudad tenían tendencia a las adicciones, decía León a sus hermanos. Los que no tenían dependencia del tabaco, el alcohol, el sexo o las sustancias dependían del perdón, de la justificación, de la confesión de hechos nimios sólo para ser escuchados; y, en ultima instancia, dependendia de estar allí encerrados escuchando lo que tenían que pensar y hacer y cómo tenían que actuar… todo para no tener que pensar por si mismos. Y aun un peldaño mas allá se encontraban los penitentes extremos, los que buscaban el perdón a través de su dolor o su desaparición.
León saltó de la cama cuando la nave ya había albergado a su grupo de acólitos dispuestos a recibir la forma para comenzar el día o para terminar la noche. Joana, su última sacerdotisa del amor, se expandió desnuda en la cama, reclamando para si el espacio que había dejado libre. León observó sus pechos perfectos y sintió la llamada de la naturaleza. ¿Tenía tiempo de un polvo rápido? Pero su erección se vio interferida por golpes en la puerta.
La entreabrió. El Hermano Aléese esperaba fuera.
- Padre, tenemos un problema en uno de los confesionarios. Sospechamos que se ha metido aquí porque no sabía dónde hacerlo.
- Bueno, pues ponerle de patitas en la calle sin que se entere el resto.
- Eso hemos pensado, pero parece fuera de si y es que…
- ¿Es que qué?
- Que se ha traído el cadáver de una mujer con él y tiene a todos los feligreses muertos de miedo. Aquello si que era nuevo, pensó León, una forma extraña de confesarse: Cacarear su pecado llevando consigo la prueba.
- ¿Y qué quiere?
- Quiere que usted le de su castigo.
- ¿Es un conocido?
- No. Nuevo.
- Cuánto nos queda hasta el recuento.
- Una hora, más o menos
- Ya me encargo yo. Mándalo a mi despacho.
- Gracias, Padre.
- ¿Están preparadas las formas?.
- Si. Pero necesitaremos más en breve.
- Me encargaré de ello.
Leon cerró la puerta con un suspiro. Eso era lo malo de llevar una iglesia personalista: Todo tenía que hacerlo él mientras el resto de los hermanos eran comparsas que se movian al son de su musica.
Se lavó rapidamente y se atusó la barba despeinada. Se pusó el habito y escondió sus armas bajo ella. Joana le miró al salir.
- ¿Ya tenemos problemas?
- Yo “tengo” problemas. Tú no tienes nada, querida - La dio un beso rapido en la boca y luego otro en cada pezon, erectandolos. Se sintió poderoso, masculino - Excepto un cuerpo de impresión.
Según entró en el despacho catalogó al asesino: No era politoxicomano ni un desecho social. Sus manos callosas indicaban que tenía un trabajo manual. Posición social baja, casi a punto de salirse de los estratos sociales. Arrastraba el cadáver de una mujer muy delgada y en las últimas. Leon no podía verla bien.
- Bueno, bueno. ¿Qué se le ofrece?
- ¡Quiero mi castigo!
- Baje la voz, por favor, aquí sólo estamos nosotros dos… tres si quiere incluir el cadáver. O cuatro si contamos con la presencia del creador.
- Si, quiero que esté el creador.
- Pues está con nosotros. Quiere dejar al… ¿Cómo se llamaba?
- Kika. Yo la quería mucho, de verdad… Pero es que se pasaba todo el dia en el conecta2 y se dejaba morir. Asi que quise apartarla del Conecta2 y se me fue la mano. Y no sabía dónde ir.
- Ya veo. Bien, deje a Kika en el suelo. Ahí, fuera de la alfombra para que no manche.
El cadáver cayó el suelo con un ruido seco. Esa mujer estaba en los huesos, pensó Leon - Bueno, asi que la ha matado para librarla de conecta2.
- Si. Yo llegaba y Kika no me hacía caso. Yo tenía que encargarme de la compra, de la comida, de la limpieza… De todo! Y ella siempre estaba alli, con mirada ausente y no me hablaba. Ya no quería sexo conmigo sino con gente nueva. Se habia cansado de mi y…. Y yo no queria quedarme solo otra vez.
- De eso se trata. ¿No? Egoismo. No le hacian el caso que quería. ¿Le apetece una taza de té?
- ¿He venido a pedir castigo y me ofrece una taza de té?
- Puedo darselo sin azucar, eso es castigo suficiente porque es bastante malo.
Leon se rió de su propio chiste mientras servía un par de tazas. Tal como prometió, dió al hombre la suya sin ponerle azucar.
Se inclinó sobre el cadáver de la mujer, de Kika. Pensó que era muy fea y que difícilmente podría encontrar a nadie que la quisiera y que por ello estaba todo el dia en conecta2: Buscaba quien la encontrara medianamente atractiva.
- Es un problema difícil, ¿Sabe? Tener perdon de un hecho abominable, querer olvido cuando es imposible olvidar… ¿Sabe qué es lo malo de nosotros? Que el creador nos ha dado los nanos como nuestra segunda memoria, y si intentamos olvidar tenemos a los nanos para recordarnoslo porque guardan las sensaciones y no dejan de machacarnos una y otra vez.
- No entiendo nada de lo que me dice.
- Pero el té está bueno, ¿Verdad?
- ¿Por qué me esta diciendo todo esto? Yo sólo quiero el olvido definitivo. Sé que si pudiera librarme de los nanos me libraría de todo. Pero sin nanos moriría.
- Si, básicamente si. Yo sólo le estoy diciendo que hay alternativas a la muerte.
El hombre terminó su te de golpe y dejó la taza sobre la mesa, sus manos temblaban sin control.
- Cuando la maté no sabía qué hacer y me daba miedo ir a la policia porque no quiero acabar en la carcel.
- Es logico, es un lugar la mar de siniestro.
- No quería hacerlo, se lo juro; pero es que cuando me desperté y ella no estaba en la cama sino tumbada en el sofa. No sé qué se apoderó de mí y la di un golpe en la cabeza con una lampara. Sé que cuando llegue el recuento sabrán que Kika está muerta y vendran a preguntarme y yo… no sé mentir. Necesito saber que ese Creador del que hablan me perdonará.
- El creador siempre perdona. Vuelvo a la cuestión principal: ¿Ha pensado en seguir con su vida como si nada? Tal vez resulte más facil que acabar con todo.
- No, yo no puedo seguir adelante sin Kika.
- Es todo cuestion de tiempo, creame.
- Y no tengo fuerzas para acabar con mi vida. Por eso acudo a usted. Me han dicho que ustedes libran a la gente de sus cargas.
- Es una forma amable de decirlo, pero si.
- Pues mateme de una vez.
Leon suspiró, con gente como aquel hombre no se podía razonar. Los minutos iban en su contra. El recuento se acercaba y si los nanos marcaban ese sitio, la policia se presentaría y les cerrarían el lugar y el negocio se habría acabado.
- Bien, esto…
- Alberto
- Alberto, ponte de rodillas frente al creador.
- ¿Y eso es cómo?
- El creador está en todas partes dispuesto a acogerle, con ponerte frente a la pared me basta.
Alberto asi lo hizo. Leon le obligó a poner los brazos en cruz. Le puso una mano sobre la cabeza. Temblaba. Todos temblaban en esos momentos.
Clavó el estilete en la nuca en un movimiento rapido. La adrenalina llenó su cuerpo según sujetó el cadáver de Alberto. Era una sensación a la que jamas se acostumbraría. Un vertigo sin nombre.
Llamó por el timbre y entraron un par de hermanos.
- Sacarles todos los nanos y “aquello” que nos pidió el benefactor y luego al rio con ellos.
- Tenemos todos los nanoderos funcionando, igual no hay tiempo antes del recuento y la localizacion.
- Hummm. Está bien. Yo me encargo.
Tras salir los hermanos, Leon observó los cuerpos de Alberto y Kika.
- Sois una carga incluso muertos.
Enchufó sus nanoderos a los cuerpos. Se terminó la taza de té hasta que los nanoderos ya no pudieron acumular más nanos.
Colocó un aparato con forma de araña en el principio de la columna vertebral de Alberto, la mujer llevaba tiempo muerta y ya no interesaba.
Leon ató los cuerpos entre sí.
Abrió el ventanal del despacho, el turbulento rio chocaba contra la base de la iglesia, horadandola pacientemente para hacerla caer algun día
Los cuerpos desaparecieron de su vista tras un chapoteo. Que ironia que se fueran juntos al rio: La fea y su matarife.

DÍA MENOS CUATRO (I)

NOCHE



TRECE



II
Dieter bajó de la barcaza taxi junto con los parias en busca de droga. Caminó con cuidado esquivando los charcos y el barro lleno de mierda, restos de comida y demás. Tuvo mucho cuidado de evitarlos y mancharse sus zapatos superbrillantes. Los yonkis se perdieron en las sombras. Dieter se rió por dentro… si ellos supieran: En su mochila llevaba bastantes dosis para todos ellos y muchos más.
A Dieter siempre le había maravillado que esa zona, esa precisamente, fuera mucho menos peligrosa que las zonas más “civilizadas” de la ciudad. Supuso que a ninguno de los habitantes les interesaba que los clientes evitaran el lugar.
Las primeras prostitutas se acercaron. La mayoría intentaban que sus movimientos fueran sinuosos y sólo parecían marionetas a las que les faltaban hilos. Mientras avanzaba entre la primera marea a Dieter se le encogió el estomago: El olor de las mujeres era denso, intenso, asfixiante… Olían a futura muerte por exceso de nanos corruptos que en cualquier momento las colapsarían y harían desaparecer del recuento. Se le hicieron cientos de proposiciones deshonestas. Hizo oídos sordos a todas. Rosita le esperaba en casa…
El siguiente círculo estaba ocupado por los temporeros, por los chulos de las putas, por los matones que esperaban allí un posible cliente, por los prostitutos que se ofrecían a cualquier aberración con tal de conseguir algo de comida o nanos. El olor también era denso, pero Dieter no tenía tanto problema con los hombres. Al fin y al cabo con ellos sabia manejarse y si había que utilizar los puños, se utilizaban y punto.
Los extremos de la ciudad eran un conjunto de chabolas y canales donde se amontonaban los últimos expulsados por el ritmo de la ciudad. Allí estaban los hombres y mujeres que malvivían con un numero casi ínfimo de nanos, los suficientes para sobrevivir.
Los sistemas de recuperación del agua no funcionaban adecuadamente en las zonas más bajas de la cúpula e imperaba olor a putrefacción, tan denso que parecía que uno flotaba en su interior.
En cuanto se pasó la voz de que había llegado, los interesados se acercaron a ofertar su mercancía.
- Un hombre y una mujer, allí – Dijo un hombre bajo, delgado y muy peludo con el que ya había trabajado alguna vez. Dieter tenía una memoria extraordinaria: El hombre se llamaba Gringo.
- No, yo tengo a un hombre mejor que el suyo – Era la oferta de una mujer esquelética – Está en las ultimas – La mujer tiró del abrigo de Dieter – Venga a verlo, no se arrepentirá.
Gringo agarró a la mujer del pelo y la zarandeó.
- Yo por lo menos no tengo a mis enfermos sin comer ni beber para conseguir la dieta.
- Eso es mentira. Es mentira – Cayó de rodillas ante Dieter – Le juro que le ayudé lo que pude, pero se niega a comer.
- Gringo dice la verdad – Susurró una voz anónima desde la oscuridad – Esa zorra engulle la comida de los pobres que caen en sus brazos y luego te los ofrece para conseguir la dosis.
Dieter sabía que dudando, podía perder su imagen de hombre de negocios.
- Vamos a ver si tus caballos son tan ganadores como dices, Gringo.
La mujer fue a replicar pero la mirada de Dieter la hizo callar: Ya le tocaría a ella la próxima vez.
Dieter siguió a Gringo en la semioscuridad. Por si acaso, metió la mano en su bolsillo y acarició el implotador.
Gringo tenía a sus especimenes apoyados contra el lugar donde la cúpula se hundía en el suelo, sus dientes de acero y grueso cristal mordían la tierra.
- Mírales, mírales y dime que no son perfectos.
Dieter se tuvo que inclinar mucho para verles bien. Por nada del mundo se arrodillaría alli.
Eran un hombre y una mujer abrazados, consumidos por el hambre, la sed, la falta de Nanos… por la vida en general. Gringo le puso al día:
- Les echaron del edificio donde vivian. Trabajaban en una fábrica y tuvieron que despedir a unos cuantos. En la lotería les tocó a los dos a la vez.
- Una autentica putada – Dijo una voz en la oscuridad, una voz puntuada por la pavesa roja de un cigarro – Pero por lo menos van a morir juntos.
- Hicieron un pacto – continuó Gringo – sabían que no saldrían de aquí y se metieron una dosis de algo, de algo muy sucio que prefiero no saber. No es tan bueno como lo tuyo.
Pero ellos no querían viajar, ni olvidar, ni sentir. Ellos querían dormirse y morirse abrazados. Un nudo de conmiseración se adueñó de la garganta de Dieter. Maldijo al viejo por obligarle a hacer este trabajo.
- Supongo que servirán. Sácalos de ahí.
Dieter se apartó mientras Gringo agarró de las piernas del hombre y tiró de él. Este abrió los ojos, dos franjas blanquecinas, intentando decir algo. La mujer arañó el suelo buscando al hombre. Acabó haciéndose una madeja sobre si misma y gimió. Al oírlo, el hombre la imitó.
Gringo se dispuso a darles una patada para callarles. Dieter se lo impidió y, aunque se manchó las manos les ayudó a juntarse de nuevo.
Dieter se inclinó sobre los dos. Susurró que no se preocupasen, que les ayudaría a morir. No hubo respuesta.
Gringo se apartó un poco. No sabía muy bien qué hacía Dieter con los cuerpos, pero tampoco quería saberlo.
Dieter les inyectó, con rapidez profesional, un bálsamo para sus últimas horas. Morirían tranquilos, sin sufrir. Luego comenzó a trabajar. Una vez terminó, se alejó de los cuerpos. Por un lado le daban pena, por otro envidia que fueran capaces de seguir juntos hasta el final.
Gringo esperaba su pago. Dieter le dio las bolsas con las dosis.
- ¿Sólo esto? – Preguntó Gringo con desolación – Te he ofrecido dos.
- Ese es el pago de dos.
Sin esperar respuesta, Dieter se alejó sin mirar atrás.
Si Gringo era listo, y Dieter sabia que lo era, racionaría sus dosis y vendería el resto para subsistir hasta la próxima vez que Dieter regresase.

PROLOGO

La Ciudad se alza hacia los cielos, intentando tocar la cúpula que una vez fue traslucida. Se hunde en el suelo, queriendo alcanzar el centro de la tierra. Se expande a un lado y otro y nadie sabe ya qué forma tiene, se perdieron los planos hace mucho tiempo; y respecto al tiempo… ¿Qué es?
Partida en dos por un inmenso rió que surge de un extremo de la cúpula y aboca su final en el otro extremo de la ciudad. Diversos canales surgen aquí y allá, parcheando la ciudad, acotando sus movimientos.
El pulmón verde se encuentra en el centro. Hace años fue un parque, hoy en día se expande como un hongo venenoso por las calles adyacentes. Cada vez más gente se pierde en su interior.
Hay muchas sustancias ilegales recorriendo las calles. Desde hace tiempo una nueva sustancia, el Amne, es la que más adeptos tiene: Interrumpe temporalmente las conexiones con los nanos.
Aísla.
10 millones de habitantes en un continuo e imparable descenso a causa de las muertes y los suicidios. Cada vez hay más edificios vacíos que son devorados implacablemente por el pulmón verde y la decadencia.
Saben que son los últimos de la tierra y hay desidia en la ciudad, cada vez más. A nadie le importa la guerra que machaca la tierra más allá de la cúpula, ni importan los humanos del exterior que luchan por preservarles como la última esperanza.
Lo que les cuenta es que ellos están vivos.